El coleccionista de vinos

Cuento – Borrador

Me gusta celebrar cenas en casa. Es de familia, le gustaba a mi abuelo, a mi padre y a mí. ¿Será genético? Vaya uno a saber.

Suena el timbre y casi corro para abrir la puerta, olvidándome de que si al picaporte se lo presiona muy fuerte pega un chirrido. No. Quizás no sea un chirrido la mejor manera de definirlo. En realidad, es un clank. Eso sí. Pero el ruido me lleva derecho y sin paradas al accidente. Es casi matemático.

Ya me advirtió el psiquiatra que el estrés post traumático viene de regalo con esas cosas. Pesadillas, sudores, confusión, etc. En mi caso me traslado al accidente y lo revivo una y otra vez. Ya estoy acostumbrado.

La verdad es que no suena ni parecido. Pero el «clap, clap» de las hélices esforzándose por volver a girar es algo así como: clap,clap, pausa, clap, clap. Así, una y otra vez. Nada que ver con el clank del picaporte, pero mi cerebro los relaciona y yo no sé por qué.

Hoy se cumple otro mes. Ya van veintiocho meses. Mientras el avión caía hice varias promesas. Una: festejar con amigos cada mes que se cumpla después de ese día. Y la vengo cumpliendo con rigurosa puntualidad.

Abrí la puerta y allí estaban sonrientes Javier y su mujer. ¡Adelante! Los besos y los abrazos. Los abrigos en el perchero de la sala. Esta es mi mujer. Y esta es la mía. Risas. Más besos y abrazos.

Me quedo con el nombre de la mujer de Javier, Marcela. Creo que así también se llamaba una de las azafatas del avión.

Javier me da dos botellas de vino. Varietales. Un Malbec y un Syrah. Buena cosecha los dos. Se los agradezco.

Todos saben que tengo una colección de vinos. Lo digo cada vez que puedo. Los colecciono desde hace años, muchos antes del accidente. Desde siempre he pedido que me regalen vino. Cumpleaños, días del padre, onomástico, daba igual la ocasión, lo importante era poblar mi colección de vinos.

Conozco a Javier desde hace poco tiempo. Así que ha llegado el momento de hacerle la prueba, la que llamo «la prueba de la sinceridad».

Bajé con Javier a la bodega. Bueno, llamarle «la bodega» a lo que tengo montado en el sótano puede parecer algo exagerado…, y tal vez lo sea, pero ¿cómo llamarle a un lugar subterráneo donde se almacenan botellas de vino?

Enciendo la luz. Apoyo en la mesa las botellas que trajo Javier, dibujo un abanico con mis manos y enuncio con cierta solemnidad ensayada.

—Esta es la bodega. A la derecha los varietales y a la izquierda los de corte.
Apenas termino de decirlo y la luz parpadea. Es solo un momento.

No recuerdo si soñaba o no. Pero me desperté. La luz parpadeaba. El avión hizo un movimiento de esos que te ponen el estómago en la boca y quedé apretando con fuerza los apoyabrazos. Petrificado. «Un pozo de aire» se escuchó decir a una voz. Empezó el clap, clap, pausa, clap, clap. Y, de golpe, el humo. Nunca supe por dónde entró o dónde se originó. Tampoco era mucho. Dos azafatas corrieron y una se tropezó cayendo a mis pies ¡Marcela! Esa se llamaba Marcela, como la mujer de Javier.

—Pasa y elige el que más te guste. El que creas que es el mejor. En confianza. No importa si te parece caro. El que más te gusta, lo coges —terminé de indicarle.
Javier se pasea por la bodega. Va de la pared de los varietales a la pared de los blends.

Me dijo algo que no entendí. Intenté aguzar el oído, pero no entendí.

Tampoco entendí cuándo por el sistema de comunicación el piloto dijo «prepárense para el impacto». Pero alguien entendió, así que la gente comenzó a inclinarse sobre las piernas y a cubrirse la cabeza con las manos. Las azafatas que antes corrían se sentaron en sus asientos con urgencia. Alguien lloraba.

Mientras los veía agacharse pensé: «se están escondiendo». El ruido era anárquico, pero el zumbido era un siseo que te taladraba la cabeza. Estoy erguido. Serio. Esperando el impacto, esperando la muerte. «¡Hey! ¡Que nos estamos cayendo en un avión! No tiene caso esconderse, la muerte nos va a encontrar igual» No digo nada. Solo hablo conmigo. «Que rápido que cambia todo».

Escucho claramente que Javier bufa. A veces se le escucha un «¡por Dios!»

—¿Qué pasa? —pregunto con la misma inocencia con que lo hago siempre.

—Es difícil decidirse… —dice Javier dejando morir la frase.

—¿Son tan buenos? —vuelvo a preguntar inocentemente, de forma fingida, claro.

—No, ¡es que son horribles! ¡muy malos! —me suelta Javier con una botella en la mano.

¡Bingo! Podemos decir que la «prueba de la sinceridad» ha sido pasada con éxito.

—Alguno bueno habrá… —arriesgo con duda ensayada.

—Me lo estás poniendo muy difícil.

Javier rebusca, desmaleza. Saca una botella, lee la etiqueta, frunce el ceño, la vuelve a meter en su lugar. Creo que el último «¡por Dios!» se le escapa entre risas.

No quiero que sufra más.

—Si los que trajiste te parecen mejores: no perdamos más el tiempo.

—Si, definitivamente —confirma aliviado—. Nos bebemos los que traje. Y te mandare otros para que tengas aquí abajo.

Subimos al comedor. Mi mujer ya está sirviendo la entrada. Nos sentamos. Descorcho las botellas y sirvo los vasos. El brindis es obligado.

—Entonces… ¿cuántos? —pregunta Javier.

—Veintiocho meses desde el accidente.

¡Salud! Decimos al unísono. Mi mujer, como cada mes, me besa con lágrimas en los ojos.

Es casi la misma cara que imaginé que tendría en el velorio.

Seguía erguido en el asiento. No tenía miedo. Descubrí que la inminencia de la muerte no me asustó.

Estaba triste, eso sí. Me embargó una tristeza indescriptible y profunda. No ver crecer a mis hijos me entristeció. Me recriminé no estar allí como si fuera mi culpa. No lo era, pensé.

De pronto me sentí un mentiroso. ¡Era mi culpa! ¿Cuántas veces no estuve allí? ¿Cuántas veces desperdicié momentos especiales? Desperdicié tiempo. Regalé instantes que, ahora entendía, nunca los podría recuperar.

Y entonces comencé a prometer. A Dios. A mi mujer. A mí. Prometí y prometí. Con todo el corazón. Si la muerte no me encontraba: mi mujer, mis hijos y mis amigos serían lo primero. Pero esta vez de verdad y no de palabra.

Y prometí festejarlo cada mes hasta que la muerte viniera a reclamarme y pudiera enfrentarla sin ser un mentiroso.

Después del beso, la cara de mi mujer se aleja de la mía con los ojos llorosos y toda la ternura engalanada por el brillo.

El impacto contra el suelo no fue tan fuerte como lo hubiera esperado. Mérito del piloto, supongo. Los sonidos desaparecieron. No escuche gritos ni ruidos. Quizás mi cerebro se desconectó.

El piloto logró improvisar un aterrizaje de emergencia en un campo de trigo. Dios quiso que el campo estuviera recién sembrado. El avión apenas carreteo de forma irregular. Lo suficiente. Se quebró el soporte de un neumático y un ala se partió contra el suelo.

Cuando se detuvo, el fuego lo envolvía todo. Ni siquiera recuerdo como salimos de esa trampa mortal, pero corrí por el campo, como poseído, mientras prometía una y otra vez.

Volvimos a brindar. Esta vez por nuestros hijos y por la vida.

Tomado de la mano de mi mujer repetí mi mantra de cada mes «desde el accidente decido ser feliz antes que tener razón. Se terminaron las discusiones entre nosotros».

Volvimos a brindar. Ahora por el mantra.

He cumplido a rajatabla todas las promesas, incluida la última, la más extraña, pensarán algunos.

«Me convertiré en el coleccionista de los peores vinos posibles, porque son los únicos que irán quedando por descarte en mi bodega. Si un amigo aparece en mi casa, descorcharemos el mejor vino que encontremos. Siempre».

Mientras apretaba la hierba con mis manos y escondía mi cara en el lodo, formalicé por última vez mis promesas.

Un chillar de metal contra metal. Quizás Marcela, tal vez Javier. Cuchillo contra tenedor. O no. No lo sé. Solo sé que, con la cabeza enterrada en la tierra, el ruido metálico del avión ardiendo sonaba igual al afilado de la hoz. Entre cada una de mis promesas se escuchaba el afilado implacable de esa guadaña maldita.

Me levanté de la mesa excusándome entre risas. En el lavabo bajé la tapa del inodoro y me senté temblando. Intenté controlar la respiración para calmarme.

Me refresqué enjuagándome el rostro frente al espejo.

Una sombra mi hizo volver la mirada. «¡basta!» grité en mi mente.

«¡He cumplido con todo! ¡Nada dejé para mañana! ¡Déjame tranquilo!»

«Lo repito si quieres. Si soy tan mezquino de dejar tan solo un beso por dar, si soy tan mezquino de dejar el mejor vino para beberlo mañana, es que no habré aprendido nada.

Y te asistirá todo el derecho que te confiere la eternidad para venir a reclamarme.

Y no te esquivaré, porque me lo habré merecido».

Me sequé cuidadosamente con la toalla. Hice una inspiración profunda mientras cogía el pomo de la puerta.

«Ahora déjame en paz. Deja de afilar la hoz. Estoy cenando con amigos»

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