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Blog de Coaching y Consultoría PsicológicaDiego Grispo

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¡No hago nada!

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Podemos definir a la inacción como la falta de movimiento o actividad. Y todos sabemos que algunas veces decidimos “no hacer nada” y, para ser claros, a veces, el “no hacer nada” es la mejor decisión.

¿Pero en qué circunstancias tomamos esa decisión?

Hay tres dichos que son usados cotidianamente para justificar por nuestra parte una determinada inacción.

  • más vale pájaro en mano que 100 volando.
  • más vale malo conocido que bueno por conocer
  • los cementerios están llenos de valientes

Los dichos en sí mismos no esconden nada malo (ni bueno) forman parte de la cultura popular y son palabras encadenadas formando declaraciones que, normalmente, el sentido del dicho o refrán excede lo que la frase en cuestión expresa literalmente.

Para nuestro ejemplo, evidentemente, estos dichos nada tienen que ver con el número de pájaros ni los cementerios ni la maldad ni los valientes.

Estos tres dichos son un resumen para aconsejar solamente una cosa: prudencia. Y no está mal.

Pero ¿está bien utiilizarlos para justificar nuestra inacción?

A cualquier acción o inacción no podemos basarla en frases hechas, sino que deberían ser el fruto de una cuidada reflexión y sobre ella, una decisión.

Nuestro ser está diseñado genéticamente para sobrevivir. Es por eso que a nuestro cerebro no le gustan las incertidumbres, ni las dudas, ni los cambios.

Todo lo que genera inseguridad tiende a ser rechazado automáticamente por nuestro pensamiento inconsciente, siendo heredado por nuestro consciente como “desconfianza”.  Y la desconfianza es la madre de la inacción.

Y es por eso que cuesta tanto iniciar un cambio, romper con nuestro conformismo y empezar algo nuevo. Va en contra de nuestro mandato genético arriesgarnos en una nueva forma de actuar.

Estamos diseñados para adaptarnos y conformarnos (salvo honrosas excepciones que han traído hasta aquí a la humanidad).

Todo cambio conlleva un riesgo y es el objetivo de nuestra reflexión profunda analizar si el riesgo es asumible o no. No podemos dejar esta decisión al “saber popular”, “a lo que se dice por ahí”, ni a los refranes.

Las decisiones debemos tomarlas nosotros mismos. Debemos cortar los barrotes invisibles de la prisión que ha creado nuestra mente para que nos conformemos con lo que hacemos hoy. Salgamos de nuestra zona de confort.

¡Podemos hacer algo distinto!

Meditemos y reflexionemos sobre qué queremos hacer realmente. Y pongámonos en marcha.

Un coach puede ayudarte a dar el primer paso: tú eliges la dirección, la velocidad y el destino.

Empezar algo nuevo. Entrar en acción. Ponerse en marcha.

Ahí están los niños para recordárnoslo. Porque un niño se aburre rápido. Es curioso. Siempre está empezando algo nuevo.

Porque cada vez que empezamos algo nuevo, renacemos.

¡Empieza ya!

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