Somos la historia que contamos

Somos nuestra historia

Lo que somos

«Somos la historia que contamos» es una sentencia que tiene diversas connotaciones, por lo que voy a intentar desmenuzar el significado al que yo me refiero.

Al decir que somos la historia que contamos no estoy diciendo solamente  que los hechos que hemos vivido son los que nos moldean. Evidentemente es así. Es la parte obvia de la sentencia.

Digo también, que somos la historia que contamos desde el punto de vista de que somos el relato de lo que hacemos y de lo que hemos hecho. 

Somos la narrativa con la que explicamos lo que somos cuando nos miramos frente al espejo.

Profundicemos este concepto.

El poder de las narrativas

Si bien durante el estudio del Coaching Ontológico reflexionamos sobre el poder de las narrativas en las personas, esto no es privativo de esta disciplina. Ni mucho menos.

Lingüistas, psicólogos, sociólogos y filósofos han seleccionado al lenguaje y las narrativas como su marco de estudio. Es un campo tan vasto que me da un poco de vergüenza intentar reseñarlo aquí.

Para quien quiera profundizar en el tema, recomiendo estudiar la obra de alguno de estos estudiosos, aclarando que solo son una pequeña muestra de lo que pueden encontrar sobre el tema:

Jerome Bruner

Michel Foucault

Ludwig Wittgenstein

Gregory Bateson

Erving Goffman

El relato

Toda nuestra vida es un conjunto de relatos. Historias que nos contamos, historias que contamos a otros. 

Somos seres lingüísticos y como tales contamos los que somos a terceros y a nosotros mismos. Nos contamos nuestra vida. 

Si nos duele la espalda no es solo un hecho que afecta al dominio corporal con sus efectos directos sobre nuestros movimientos. Inmediatamente lo pasamos al plano lingüístico en forma de queja o preguntas:

—¡Huy! ¡Cómo me duele la espalda!

—¿Por qué me duele tanto? ¿Habré hecho un mal movimiento?

Y ni siquiera lo hacemos en voz alta. Nos contamos el dolor. Nos interrogamos sobre el dolor. Maldecimos al dolor. Mucho antes de expresarlo en voz alta.

Nuestra relación con los hechos que nos suceden, encuentran un significado en la forma en que los exponemos en palabras. 

Tejemos un relato en el que mezclamos los hechos que hemos vivido con los juicios que hacemos de los hechos que hemos vivido, y los amalgamamos y ordenamos hasta que adquieren una forma tal que nos satisface. 

Y no digo que nos satisfacen los hechos, sino que nos satisface la forma que toma la narrativa que hacemos de ellos.

Porque la historia que contamos ha sumado un sustento de coherencia, gracias a la combinación, a la mezcla que hicimos de los hechos y nuestra opinión de los hechos. 

La narración tiene estructura y temporalidad. Tiene un inicio, un presente y un futuro implícito. Tiene un sentido para nosotros.

Esta es otra cualidad distintiva del ser humano: un ser que teje historias, sobre sí mismo, sobre su entorno, sobre su historia y sobre la historia de su entorno.

El ser humano es un productor natural de mitos. Y no solo los produce, sino que los vive.

Vivimos nuestras historias

Las narrativas que exponemos son la base de nuestra vida, ya que vivimos según la historia que nos contamos a nosotros mismos de lo que somos.

No somos ajenos a la producción de la historia, no podemos ser otra cosa que los propios actores de nuestra producción.

Por eso es importante no perder de vista la responsabilidad que tenemos en la forma que nos hablamos y en la que hablamos a los demás.

Dije que en la forma en la que estructuramos nuestra narrativa hay un futuro implícito. Creo que es importante destacar que solo está implícito. 

El futuro no es inamovible. No está fijado por la narración. Podemos trabajar sobre la narrativa del presente para operar sobre el futuro. Es una de las bases del coaching.

Hoy somos nuestra historia, pero mañana seremos la historia que comencemos a contarnos a partir de hoy. No debemos olvidar que somos los dueños de esa narración.

Nuestra narrativa está viva y por tal condición puedo volver a resignificarla. 

Nuestro lenguaje nos permite reinterpretar hechos, nos da la potestad de buscar significados en relatos paralelos, en relatos secundarios, en hechos que habían quedado fuera de la exposición inicial.

Podemos resignificar nuestra historia y comenzar a construir de nuevo. Resignificar la narrativa del presente para proponernos otro futuro.

Hoy es la oportunidad. A partir de ahora. Hacia adelante. Resignificamos el ahora para quitar fundamento al futuro implícito que tenía nuestra narración original y automáticamente damos lugar a otros.

No digo que es fácil o que todos pueden hacerlo. Solo aseguro que es posible, lo que no es poco.

Es posible

Somos lo que hablamos, y si bien esto es algo que la mayoría de la gente podría suscribir, es hora de que nos vayamos dando cuenta de que también somos “la forma” en la que nos hablamos.

En nuestra historia, en ese relato que nos armamos de lo que somos, somos al mismo tiempo la producción, el contenido del relato y la forma en que lo relatamos. Es indivisible.

Porque el lenguaje no es inocente.

Porque el lenguaje que usamos para contarnos es producto de lo que fuimos e hicimos, pero también produce lo que seremos y haremos.

Nuestro futuro está en nuestras manos. Utilizando al lenguaje como la herramienta para moldear nuestras narrativas y resignificarlas. Abriendo posibilidades. Abriendo futuros.

Como coach, mi función es ayudarte a buscar las preguntas que hagan aflorar en tu narrativa, esos hechos secundarios y extraordinarios que tu relato original no incluía.

Con las respuestas a las preguntas adecuadas emergen nuevos significados que se incorporan a la narrativa original haciéndola más rica. 

Y, si te cuentas de otra forma, eres capaz de afrontar nuevos retos. 

Somos dueños de nuestro futuro cuando nos apoderamos de nuestra narrativa y la utilizamos de forma inteligente.

Yo puedo ayudarte. Podemos hablar sobre ello y si no te gusta lo que te propongo eres libre de elegir otro camino.

Te espero, es gratis. Quiero conocerte.

La línea de la vida

Antes de irte te invito a un ejercicio. Un experimento con tu propia narrativa.

En lugar de definirnos por lo que creemos que somos ¿Podemos describirnos por lo que hicimos? Solo hitos, sin juicios de valor.

Decíamos que nuestra narrativa tiene un inicio y un presente.

Ese inicio es una historia plagada de hechos. ¿Somos capaces de separar nuestros juicios de los hechos?

¿Cómo nos vemos reflejados en el hacer? ¿Qué es lo que hicimos?

Te invito, tal como hice yo frente al papel en blanco, a trazar una línea que recorra la hoja de un extremo al otro. O en espiral. O un semicírculo. 

Una línea de la forma que quieras.

En un extremo marcamos donde empieza nuestra línea: esa es nuestra fecha de nacimiento.

En el otro extremo marcamos en dónde termina nuestra línea: ese es el día de hoy.

El camino de tu vida

Este es el camino que has recorrido en tu vida. Todavía no tiene nada marcado.

A partir de ahora estás frente a la línea de tu vida. Estás solo y con la línea vacía. Hay que empezar a poblarla con los hechos.

Los mismos hechos que aparecen en la narrativa que haces de tu historia. 

Márcalos uno por uno. No importa el orden. Empieza a poner puntos en la línea. No juzgues lo que pones. No lo valores. Si sucedió: ¡márcalo!

Yo solo puedo contarles lo que hice con mi línea de tiempo.

Empecé marcando los puntos que, para mí, fueron más o menos importantes, esos que no necesitamos hacer memoria porque siempre están ahí. Son hechos. 

No los marqué secuencialmente (aunque esa había sido mi primera intención), comencé a moverme por la línea de tiempo atrás y adelante, marcando referencias aquí y allá a medida que venían a mi mente.

Luego de un rato me declaré conforme con el contenido, pero pareció que algunos puntos no estaban en el orden o escala correcta así que decidí afinar un poco más.

En una segunda etapa me dediqué a fijar fechas y reforzar la ubicación temporal real superponiendo una línea de tiempo de mis estudios, quiero decir, cosas del tipo “cuando hacía tal y cual cosa estaba en 7mo grado, así que era el año tal y cual”.

Tuve que reiniciar el proceso un par de veces para que no quedaran algunas anotaciones amontonadas. No sé por qué, pero de pronto me pareció que era importante respetar la escala.

Mientras observaba el trabajo finalizado me interrogué: ¿Es esto todo lo que hice?

Evidentemente no. Descubrí que siempre se puede agregar un punto. Siempre hay hechos que quedaron fuera de la narración inicial.

Y tengo que confesar que mientras miraba el trabajo terminado me descubrí sonriendo más de una vez.

Les invito a descubrirse reflejados en los hechos que pueblan la narrativa que da sustento a la vida que llevan.

Hacer el ejercicio es interesante: lo prometo.

Si descubres que puedes agregar nuevos hechos y reflexionar sobre ellos. ¡Aprovecha y hazlo!

Y si necesitas ayuda con esa reflexión, no dudes en consultarme.

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